¿Cómo decir sí a la vida cuando todo parece decir no? Conversación con Joan Garriga

Por Carmen Eleta

En 2004, un grupo Antes de esta conversación, Joan Garriga ya me había acompañado a través de sus libros. Decir sí a la vida me ayudó a poner palabras a intuiciones y experiencias propias. Lo he regalado a personas de mi entorno y de Oncomunidad, y sus frases vuelven una y otra vez a nuestras conversaciones. Por eso, sentarme a hablar con él el pasado 9 de julio tenía para mí un significado especial.

Joan Garriga es psicólogo, terapeuta Gestalt y cofundador del Institut Gestalt de Barcelona, y fue uno de los introductores de las constelaciones familiares en España. Escritor y autor de numerosos libros, lleva más de cuatro décadas dedicado a comprender nuestras relaciones y nuestra manera de vivir. A esa trayectoria se suman una cercanía, una sencillez y un sentido del humor que permiten adentrarse con él en las preguntas difíciles.

Por eso quise compartirle una que me acompaña desde mi propia experiencia con el cáncer y desde el encuentro con otras personas que atraviesan la enfermedad: ¿cómo decir sí a la vida cuando todo parece decir no? ¿Cómo hacerlo sin resignarnos y sin apartar la mirada de lo que duele?

Hablamos del miedo, de los cambios que una crisis introduce en nuestras relaciones y de la espiritualidad entendida como presencia y amor. También del humor, de la compasión y de algo que está en el corazón de Oncomunidad: poder compartir lo que nos pasa con personas capaces de escucharnos y acompañarnos.

Recojo aquí algunos momentos de ese encuentro. Ojalá sus palabras os acompañen tanto como a mí me acompañó prepararlo y vivirlo.

¿Cómo podemos decir sí a la vida ante una enfermedad o una crisis, sin resignarnos ni esquivar el dolor?

Hacemos lo que podemos. Y lo hacemos en función del contexto, de la compañía que tenemos, de cuánto somos comprendidos de verdad y queridos por lo que somos, no solo por nuestras máscaras.

Cuando el dolor nos visita, pone en cuestión nuestra vida y aquello con lo que nos identificamos. Estábamos identificados con un yo sano y aparece una enfermedad; con estar casados y llega una separación. De repente sucede un terremoto que nos obliga a soltar ideas y posiciones que parecían firmes.

Rebelarse tiene su lugar en el proceso emocional. Pero cuando ha pasado un tiempo y seguimos diciendo “esto no debería haber pasado en mi vida”, es como levantar el brazo ante un poder mucho más grande, y eso nos daña.

Para avanzar hacia la aceptación hace falta confiar en el proceso que nos toca vivir. Aparecen el miedo, la incertidumbre, la rabia, la tristeza… Hay que atravesar todo eso, y por eso insisto tanto en un buen acompañamiento. La adversidad puede traer regalos, pero eso no significa que tengamos que buscarla.

Una crisis puede cambiar profundamente la manera en que nos vemos. ¿Qué preguntas sobre nuestra vida se abren en ese momento?

Cuando la muerte aparece en el horizonte, o cuando llega el sufrimiento, nos preguntamos: ¿estoy viviendo como quiero vivir? ¿Estoy haciendo lo que quiero hacer? ¿Me estoy relacionando de la manera que me corresponde? Son preguntas sustanciales, y hay vidas que se transforman a partir de ellas.

No sé si hay una manera correcta de vivir. Pero una buena manera es hacerlo con atención y respeto hacia uno mismo y hacia los demás. Escuchar el cuerpo, tomar la vida con fuerza y con cariño, honrar ese regalo y hacer algo bueno con él.

Necesitamos atención para reconocer cuándo nos hemos perdido y poder reencauzarnos, porque perdernos, nos perderemos. Equivocarse no es el problema; el problema es perseverar en los errores.

Esa cercanía con uno mismo permite distinguir lo que nos hace bien de lo que no, y lo que nos conviene de lo que responde a guiones aprendidos.

Hablas de una ayuda “psicoespiritual”. ¿Qué entiendes por espiritualidad cuando acompañas a alguien que sufre?

Cuando atravesamos momentos muy dolorosos vienen bien los recursos emocionales, el trabajo con el cuerpo y las buenas compañías. Pero creo que, ante ciertos dolores de la vida, la ayuda psicológica no basta: necesitamos también una apertura a una dimensión espiritual. Por eso hablo de una ayuda psicoespiritual.

Quizás seamos dioses disfrazados de humanos, y el disfraz se nos pega tanto a la piel que nos olvidamos de Dios. Cuando digo Dios no me remito a una religión ni a nada que tenga nombre o imagen. Me refiero a algo más sencillo: la Consciencia, esa presencia que nos acompaña. Algunas personas hemos sentido que hay algo en nosotros, que no es el yo, que está en alianza con la vida tal como es.

También hace falta liberar ciertos enredos mentales: “esto me pasa por mi culpa”, “¿qué he hecho yo?”, “estoy pagando algo con esta enfermedad”. No sabemos por qué ocurren las cosas. La vida es un misterio, y creo que hay que aprender a abrazarlo, aunque no podamos desvelarlo del todo.

En tu manera de acompañar hay mucho humor. ¿Qué lugar tiene cuando atravesamos algo doloroso?

El humor me acompaña, me asiste, forma parte de mi camino. Desde la infancia me sale buscar la nota cómica; a veces he dicho, en broma, que si no me dedicara a la terapia quizá me dedicaría a la comedia. Una vez, en un artículo sobre mi forma de hacer terapia que me pidió Claudio Naranjo, hablaba de acentuar lo compasivo, lo confrontativo y también lo cómico.

En los grupos entro muchas veces en lo trágico, en lo más doloroso, porque forma parte de lo que dificulta la vida de las personas. A veces se necesita solemnidad, incluso algo ritual. Pero nunca he visto que eso esté reñido con una chispa de humor. Dolor y humor no tienen por qué estar tan divorciados.

¿Cómo se relacionan el amor, la compasión y la necesidad de poner límites?

El amor siempre está ahí, agazapado, esperando su oportunidad para manifestarse. Puede habernos tocado un padre o una madre difíciles, y es legítimo tomar distancia para protegernos. Al mismo tiempo, hay algo en nosotros que necesita ponerse en paz. A veces los padres ya han muerto y seguimos en guerra con ellos dentro de nosotros: la guerra exterior se convierte en guerra interior.

Encontrar el camino del corazón no significa ser un estúpido que ama. San Agustín lo dijo con claridad: ama y haz lo que quieras. Y hacer lo que quieras a veces significa poner límites: “Te quiero mucho, mamá, pero me conviene estar lejos de ti”.

Quien ha sufrido necesita compasión. Y a veces necesita a alguien amoroso que sepa decir: “No, por ahí no”. En el mundo de la ayuda hay que orientarse bien: una posición demasiado autoritaria, mesiánica o mágica puede generar violencia en la relación.

He visto parejas que salen fortalecidas de la enfermedad y otras que se debilitan o incluso se rompen. ¿Qué sucede cuando cambian los papeles que cada uno ocupaba?

Hace poco comí con una pareja de amigos. A él lo habían operado de un cáncer de próstata y era muy bonito ver cómo lo llevaban juntos. Estar bien en pareja significa poder ser como somos, lado a lado, cómodos en nuestra piel. Ese es el escenario ideal.

El escenario real de muchas parejas es una danza relacional: uno cuida y el otro es cuidado, uno ocupa el lugar del fuerte y el otro el del débil. Una enfermedad puede alterar ese pacto.

Imagina que enferma quien siempre ha cuidado. La otra persona puede quedarse desconcertada, porque ya no puede ocupar el lugar que tenía. Esa danza se resquebraja y, a veces, la pareja no puede seguir junta. En una pareja que está bien, todo lo que vivimos tiene espacio. Pero hay relaciones en las que algunas experiencias no lo encuentran.

A veces estamos rodeados de personas y aun así sentimos que no podemos hablar de lo que nos pasa. ¿Qué puede ofrecernos una comunidad?

Muchas veces no sabemos relacionarnos con el dolor ajeno. Leía hace poco la entrevista a una mujer que había perdido a un hijo, y decía que lo más terrible era que nadie se lo mencionaba. Por querer proteger, evitamos hablar precisamente de aquello de lo que la otra persona necesita hablar.

Nuestros procesos necesitan un marco relacional: personas que caminen a nuestro lado, que comprendan, que hayan pasado por ese camino. Muchas veces, al problema se añade el aislamiento. Necesitamos poder comunicar lo que nos ocurre, sentir apoyo y también brindarlo. Eso es lo humano.

Yo digo que todos necesitamos una red segura de amor. Pensemos en alguien que está enfermo y necesita hablar de la muerte, de sus temores o de lo que imagina. Qué valioso que pueda hacerlo en un grupo donde haya quien escuche, porque a veces la familia tiene demasiado miedo. Un oncólogo me contaba que las personas que morían sufrían, sobre todo, por los asuntos familiares no resueltos: por no haber podido aclarar las cosas con los suyos.

Para terminar, ¿qué le dirías a alguien que acaba de recibir un diagnóstico o que vive con las secuelas de la enfermedad?

Lo más importante es que esté acompañado por compañeros verdaderos: alguien que pueda acompañar todo lo que le pasa, para que esa persona también pueda acompañarse a sí misma.

Le diría que la vida está bien hecha y que estamos equipados para atravesar momentos difíciles, aunque a veces nos sintamos al borde de la desesperación. Que siempre hay algo ahí que nos mira con luz, con espacio, con consciencia, y que a veces eso es más uno mismo que uno mismo. Y que estar enfermo no significa tener una identidad de enfermo. Tenemos que ser cuidadosos con las identidades.

La vida siempre es ahora. Cuando hay angustia e incertidumbre resulta muy difícil encontrar ese lugar interior para estar en el presente. Pero a veces bastan cosas tan simples como respirar un poco, acariciarse, ponerse una mano en el pecho o aceptar que otra persona nos cuide. A veces nos desbordamos y necesitamos a otro que nos ayude a recuperar el equilibrio, que nos contenga.

Por eso necesitamos comunidad: personas que caminen a nuestro lado, que nos comprendan, con las que podamos compartir lo que nos pasa, recibir apoyo y también ofrecerlo. Todos necesitamos una red segura de amor.

A toda vuestra comunidad, un montón de cariño, de esperanza y de fe en que la vida es buena en todo momento, a pesar de los pesares.

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Ver la conversación completa con Joan Garriga en vídeo.

 

Sobre la autora

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Carmen Eleta

Fundadora y presidenta de Oncomunidad

Tras casi veinte años conviviendo con distintos diagnósticos oncológicos, Carmen acompaña a pacientes, expacientes y familiares desde el autoconocimiento, el autocuidado y el cultivo de la compasión.

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