Compasión y cáncer: una forma distinta de atravesar la enfermedad
Por Carmen Eleta
Revisión clínica: Dra. Silvia Rubio
Si estás leyendo esto, es probable que el cáncer haya entrado en tu vida de alguna manera: en tu cuerpo, en el de alguien a quien quieres, o en la rutina diaria que hasta hace poco dabas por sentada. No hace falta explicarlo demasiado. Quien lo vive sabe que la enfermedad no solo afecta al cuerpo: también afecta la manera de pensar, de relacionarse, de pedir ayuda y de hablarse a uno mismo.
Este artículo no trata exactamente sobre el cáncer. Trata de algo que sucede a su alrededor: cómo nos tratamos —a nosotros mismos y a quienes nos rodean— cuando la enfermedad aparece. Habla del miedo, del cansancio, de la sensación de estar fallando, de la dificultad para sostener lo cotidiano y de la dureza con la que, a veces, nos hablamos justo cuando más necesitaríamos cuidado.
Cuando decidí crear Oncomunidad, lo hice desde una convicción clara: nadie debería tener que atravesar el cáncer en soledad. A partir de ahí, la compasión no es un ideal abstracto ni un gesto de buenos sentimientos, sino una manera concreta de estar con lo que duele: lo propio y lo ajeno.
La práctica de la compasión no elimina la enfermedad ni promete que todo pese menos. Propone algo más realista: atravesarla con compañía, con presencia y con un trato más amable hacia uno mismo. Desde mi propia experiencia, sé que esa forma de estar puede aprenderse.
Mejor aún: puede cultivarse junto a otros.
Qué es la compasión (y qué no es)
La compasión se confunde a menudo con otras cosas que se le parecen, así que conviene empezar por definirla.
En su sentido más preciso, es la capacidad de reconocer el sufrimiento —el propio o el de otra persona— y, al mismo tiempo, el impulso de querer aliviarlo y hacer algo al respecto (la compasión implica acción). No es resignación ni buenismo. Es una forma de presencia activa ante el dolor.
Compasión no es lo mismo que empatía. La empatía nos permite sentir con el otro, resonar con lo que le pasa. Es valiosa, pero por sí sola puede agotar, porque quien se limita a absorber el dolor ajeno corre el riesgo de terminar arrastrado por él. La compasión añade algo más: una calidez que sostiene sin hundirse, y una orientación hacia el cuidado.
Tampoco es lástima. La lástima mira desde arriba, dando por sentado que la persona que sufre no tiene recursos para solventar la situación, y toma distancia —«pobre»—; la compasión se pone al lado, en igualdad. Una separa; la otra acompaña.
Hay además una distinción que cambia el modo de habitar la enfermedad: la diferencia entre el dolor y el sufrimiento. El dolor forma parte de la experiencia de la vida: un diagnóstico, un tratamiento, una pérdida, un cambio en el cuerpo o en la vida cotidiana. El sufrimiento, en cambio, muchas veces nace de lo que añadimos encima: la lucha contra lo que ya es, el reproche, el «por qué a mí», la exigencia, el endurecimiento. La compasión no elimina el dolor, pero sí puede aliviar esa capa añadida, que a veces pesa tanto como la primera.
Conviene anticipar, por último, algo que recorre todo este artículo: la compasión tiene dos direcciones. Una se dirige hacia uno mismo —la más difícil para muchos—; la otra, hacia fuera, hacia quienes nos rodean. Ninguna basta por separado, y a ambas volveré más adelante.
Por qué es importante la compasión cuando hay un cáncer
Cuando la compasión deja de ser una idea y se mira de cerca, aparece una pregunta razonable: ¿sirve de algo, más allá de hacernos sentir mejor durante un rato? La investigación de las últimas dos décadas ha empezado a responderla, sobre todo en lo que afecta a la salud emocional.
Los estudios observan de forma consistente que las personas con más autocompasión tienden a experimentar menos ansiedad, menos síntomas depresivos y menos estrés, además de un mayor bienestar general. No es un hallazgo puntual o aislado: aparece en revisiones que reúnen decenas de trabajos y miles de participantes.
Esa relación se ha estudiado también en el campo que aquí nos ocupa. En personas que atraviesan un cáncer, una mayor autocompasión se asocia con menos malestar psicológico y mejor calidad de vida. Y se ha observado en distintos tipos de cáncer y en distintos momentos de la enfermedad.
Algunos trabajos apuntan incluso a que una mirada más amable hacia el propio cuerpo —ese cuerpo que la enfermedad y los tratamientos cambian— se relaciona con menos sufrimiento, menos soledad y una mayor capacidad de sostenerse.
Hay, además, una diferencia importante entre tener un rasgo y entrenarlo. Lo primero lo describen los estudios ya mencionados. Lo segundo lo vienen abordando distintos ensayos que evalúan programas estructurados de entrenamiento en compasión. Aquí la evidencia aún es joven, pero resulta alentadora: sus primeros resultados muestran reducciones del estrés, la ansiedad y el agotamiento, incluso en entornos de mucha exigencia.
La parte más fisiológica de esta historia —lo que ocurre en el cuerpo— la abordaremos con detalle en un artículo dedicado a analizar lo que muestran los estudios sobre compasión y salud.
Por lo pronto, basta con quedarnos con una idea central: cuidar el modo en que nos tratamos no es un lujo emocional, sino algo que la investigación asocia con un tránsito menos duro por la enfermedad. "La compasión no es un lujo, es una necesidad si la humanidad quiere sobrevivir", afirma el Dalai Lama.
La compasión hacia uno mismo
De las dos direcciones de la compasión, la que apunta hacia dentro es la que más nos cuesta. Resulta llamativo: muchas personas que tratan a los demás con paciencia y delicadeza se hablan a sí mismas con una severidad que nunca emplearían con otra persona.
Ante el error propio, el juicio; ante la propia vulnerabilidad, la exigencia. La autocompasión consiste en dirigir hacia uno mismo esa misma calidez que ofreceríamos a alguien a quien queremos cuando las cosas se ponen difíciles. No es complacencia ni rebajar el listón: es dejar de añadir crueldad al malestar que ya está ahí.
En el cáncer, esa dureza encuentra un terreno fértil en una emoción concreta: la culpa. Culpa por «no llevarlo mejor», por no ser el paciente fuerte y siempre optimista que se supone que hay que ser. Culpa por el peso que la enfermedad descarga sobre la familia. A veces, incluso, por la sospecha callada de haber hecho algo para merecerlo. Son reproches que rara vez se dicen en voz alta y que, sin embargo, pueden pesar tanto como los propios síntomas.
Aquí la autocompasión hace un trabajo preciso: no niega la dificultad ni obliga a sentirse de otra manera, pero puede aliviar esa capa de sufrimiento añadido —la del «debería»— de la que hablábamos antes. Tratarse con compasión no es rendirse ante la enfermedad; es dejar de librar, además, una guerra contra uno mismo.
Conviene deshacer un malentendido que frena a mucha gente: la autocompasión no es lástima de uno mismo. La autolástima —el «pobre de mí»— encierra y estrecha el mundo hasta hacerlo caber en la propia desgracia.
La autocompasión, en cambio, reconoce el dolor y a la vez recuerda que no estamos solos en él, que la fragilidad forma parte de lo que nos hace humanos. Y, sobre todo, no es un rasgo fijo con el que se nace o no se nace: es una manera de relacionarse con uno mismo que puede aprenderse y ejercitarse, igual que la compasión hacia los demás.
Cómo se entrena lo veremos más adelante. Antes conviene mirar la otra dirección: la que nos lleva hacia los demás.
La compasión con los demás: por qué no nos salvamos solos
Volverse hacia los demás nos saca de nosotros mismos. Y aquí aparece algo que la enfermedad pone a prueba como pocas situaciones: que no estamos hechos para atravesar lo difícil en soledad.
El cáncer, sin embargo, aísla de maneras silenciosas. Aísla a quien calla su miedo para no preocupar a los suyos, y también a quien lo rodea sin encontrar las palabras y, sin querer, se aparta. Se puede estar muy solo en una habitación llena de gente que quiere ayudar.
El poder de la comunidad no cura la enfermedad, pero cambia el modo de habitarla: sentirse visto, acompañado, parte de algo, alivia una carga que en solitario se vuelve más pesada.
Hay, además, una figura que suele quedar en penumbra: la de quien cuida. El familiar, la pareja, la persona que acompaña sostiene a menudo un peso enorme y casi invisible, y tiende a ponerse en último lugar —«ya descansaré cuando esto pase»—. Se siente culpable por el agotamiento, por el miedo, por necesitar también ayuda.
La compasión le incluye de pleno: cuidar de otro sin cuidarse termina por vaciar a quien cuida, y desde el vacío se acompaña mal. No es casual que el entrenamiento en compasión se haya estudiado precisamente en cuidadores, donde estos programas han mostrado aliviar el malestar de quienes sostienen a otros. Tratarse con amabilidad, en su caso, no es un descuido de su tarea: es la condición para poder seguir haciéndola.
Acompañar, visto de cerca, es más difícil de lo que parece, y rara vez consiste en arreglar nada. Ante el dolor de otro, el primer impulso suele ser resolverlo —dar consejos, animar, buscar el lado bueno—, y casi siempre lo que la otra persona necesita es algo más sencillo: que alguien esté ahí, sin huir de lo que duele ni apresurarse a taparlo. Esa presencia, la de quien sostiene sin invadir, es compasión en acto, y es justamente lo que se cultiva en el acompañamiento.
La compasión se entrena
La compasión se parece más a la atención, a la paciencia o incluso a un idioma: una capacidad que todos traemos y que puede cultivarse con práctica. No es solo una intuición amable ni una actitud espontánea ante el dolor: también puede entrenarse mediante métodos estructurados, diseñados para cultivarla de forma progresiva.
No hay una sola manera de hacerlo. En las últimas décadas han surgido distintas escuelas que, partiendo del encuentro entre las tradiciones contemplativas y la psicología contemporánea, ponen el acento en aspectos diferentes. Por ejemplo, la Terapia Centrada en la Compasión, desarrollada por Paul Gilbert, que nació en el ámbito clínico y trabaja especialmente con la autocrítica, la vergüenza y la dificultad para recibir cuidado.
El Entrenamiento en el Cultivo de la Compasión —CCT, por sus siglas en inglés— surge en otro contexto: el de la Universidad de Stanford. Es un programa práctico y progresivo para desarrollar la compasión hacia uno mismo, hacia las personas cercanas, hacia quienes sufren y también hacia quienes nos resultan más difíciles.
La encargada de orientar esta práctica en Oncomunidad es la Dra. Silvia Rubio, médica internista y especialista en cuidados paliativos, formada también en CCT. Su doble mirada —clínica y humana— sostiene una manera de enseñar especialmente valiosa para quienes atraviesan una enfermedad grave, acompañan a alguien que la vive o desean relacionarse de otro modo con el dolor propio y ajeno.
Con este artículo espero haber dejado clara una idea sencilla, pero exigente: la compasión no es lástima, ni resignación, ni una cualidad reservada a unas pocas personas especialmente sensibles. Es una capacidad humana que puede aprenderse, ejercitarse y sostenerse en comunidad.
Si esta idea te ha resonado y quieres pasar de la lectura a la práctica, te invito a conocer el Programa CCT de Oncomunidad: un entrenamiento para cultivar la compasión hacia uno mismo y hacia los demás, con acompañamiento profesional y en grupo.
Encontrarás todos los detalles del programa aquí: Programa CCT de Oncomunidad.
Y si quieres profundizar en la relación entre compasión, cáncer, cuidado, comunidad y salud emocional, puedes suscribirte más abajo a nuestro boletín . Seguiremos publicando para acompañar este camino con calma, rigor y presencia.
Sobre la autora
Carmen Eleta
Fundadora y presidenta de Oncomunidad
Tras casi veinte años conviviendo con distintos diagnósticos oncológicos, Carmen acompaña a pacientes, expacientes y familiares desde el autoconocimiento, el autocuidado y el cultivo de la compasión.
Referencias
Este artículo se apoya en literatura científica revisada por pares. Las fuentes que respaldan sus afirmaciones sobre salud son las siguientes. La mayoría estudian asociaciones entre compasión, bienestar y salud emocional; otras evalúan programas estructurados de entrenamiento en compasión. En ningún caso estos resultados garantizan un efecto individual.
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