Un día fui al mar. Allí me encontré con Dios
Por Carmen Eleta
Un día fui al mar.
Allí me encontré con Dios.
No sé muy bien de dónde me vino esta frase. Apareció. Y cuando la escuché dentro de mí sentí que, de alguna manera, decía algo que llevo mucho tiempo intentando poner en palabras.
Cuando hablo de Dios no estoy pensando necesariamente en el Dios de ninguna religión, ni en una figura externa que decide desde algún lugar lo que debe sucedernos. Podría llamarlo Vida, Consciencia, Universo, Misterio, la Gran Voluntad… En realidad, el nombre me importa bastante poco.
Hablo de esa inmensidad que a veces intuimos y que no sabemos explicar.
Quizá por eso apareció el mar.
Hay algo en estar delante del océano que me sobrecoge. Su inmensidad me recuerda lo pequeña que soy. Ahí estoy yo, con mi pequeña vida y todos mis intentos de conseguir que las cosas sean de una determinada manera… y delante de mí hay algo tan inmenso que, de repente, todo se recoloca.
Y qué descanso.
Porque sentirme pequeña ante la inmensidad no significa sentirme insignificante. Quizá sea precisamente lo contrario. Me permite descansar por un momento de esa tarea agotadora de creer que tengo que dirigir la vida y conseguir que responda a mis planes.
Ante el mar puedo hacer muy poco. Puedo entrar, nadar, dejarme mecer por una ola o tratar de resistirme a ella. Pero no puedo decirle al océano cómo tiene que moverse.
Y cada vez siento con más claridad que con la vida sucede algo parecido.
Podemos elegir, responsabilizarnos, cuidar, crear, cambiar aquello que esté en nuestra mano. No creo en absoluto que se trate de quedarnos de brazos cruzados esperando a que la vida decida por nosotros. Pero hay una inmensidad que no gobernamos. Una Gran Voluntad que sabe infinitamente más que esta pequeña voluntad individual que tantas veces pretende saber cómo deberían ser las cosas.
Quizá vivir tenga mucho que ver con ir haciéndonos discípulos de la Vida.
Y esto no lo vivo como una renuncia a mi poder, sino como una forma diferente de ejercerlo. Puedo poner todo de mi parte y, al mismo tiempo, reconocer humildemente que no puedo con todo, que no sé todo y que hay una parte enorme de la existencia que pertenece al misterio.
Pero hay algo más que me ocurre frente al mar.
Al principio podría parecer que estamos él y yo. Una mujer pequeñita contemplando un océano inmenso.
Y, sin embargo, cuando hay suficiente silencio, esa frontera empieza a resultarme menos evidente.
Yo también soy eso.
No porque este pequeño cuerpo sea el océano entero, claro. Sino porque empiezo a intuir que aquello que está desplegándose delante de mis ojos y aquello que lo contempla no están tan separados como mi mente se empeña en creer.
Me gusta la imagen de la gota y el océano. Podemos pasar toda nuestra vida creyéndonos únicamente la gota, preocupados por su recorrido, su seguridad, por lo que consigue o deja de conseguir. Hasta que, quizá por un instante, la gota recuerda que también es océano.
No siento que sea una Carmen humana que guarda dentro un pequeño pedacito sagrado. Lo siento al revés. Hay algo sagrado, algo que es Vida, Amor, Presencia, que durante un tiempo se expresa a través de esta forma concreta que soy yo. Necesita un cuerpo, una historia, una personalidad desde la que desplegarse en el mundo.
Y esa forma importa.
Desde este cuerpo puedo amar, crear, equivocarme, sufrir, reírme, acompañar a alguien o quedarme en silencio delante del mar. La forma importa mucho. Lo que quizá no necesita es creerse separada de todo lo demás.
Porque cuando desaparece un poco esa sensación de separación, algo cambia.
Quizá por eso el silencio me parece tan importante. Y la meditación. Y la naturaleza. Esos lugares en los que, durante unos instantes, baja el volumen del personaje y podemos escuchar algo más profundo. No creo que esos lugares nos lleven a ningún sitio nuevo. Quizá simplemente nos permiten reconocer algo que siempre estuvo ahí.
Y aquí me aparece una pregunta para la que, sinceramente, no tengo respuesta.
¿Necesitamos que algo dentro se rompa en mil pedazos para empezar a mirar de verdad?
¿Necesitamos una enfermedad, una pérdida, uno de esos momentos en los que la vida que conocíamos deja de sostenerse, para poder intuir algo más grande?
Me gustaría pensar que no. Pero no lo sé.
En mi caso, al menos, ha sido así. Yo he necesitado algunos toques de claxon bastante brutales. He necesitado que el cuerpo gritara, que algunas de las cosas sobre las que había construido mi vida se derrumbaran y que muchas de mis certezas dejaran de servirme.
Y no quiero con esto hacer ninguna exaltación del sufrimiento. Hay dolores que duelen profundamente y situaciones ante las que, desde este pequeño lugar que somos, quizá nunca lleguemos a comprender por qué o para qué han sucedido.
Pero cada vez siento más que no comprender el sentido no significa que no lo haya.
Desde el mundo de las formas, desde nuestra biografía, desde el personaje y sus ideas acerca de cómo debería ser la vida, puede que muchas cosas nos resulten incomprensibles. Pero cuando consigo bajar un poco más profundo y sentirme parte de la propia Vida, aparece en mí otra confianza: No sé cuál es el sentido y ni siquiera necesito conocerlo. Hay algo que simplemente reconoce que existe.
Quizá también sea eso aprender a colaborar con la Vida: aceptar que la pequeña voluntad no puede comprender a la Gran Voluntad, ni mucho menos competir con ella. Que el Misterio no necesita revelarme sus razones para que yo pueda inclinarme ante él.
Y sería poco honesto por mi parte negar que, en mi propia vida, algunas de esas grietas han abierto una puerta.
Cuando ya no he podido controlar, he tenido que empezar a soltar. Cuando algunas de mis certezas se han caído, he podido hacer sitio al no saber. Y cuando esa pequeña Carmen que pretendía saber cómo debían ser las cosas se ha sentido completamente sobrepasada, he empezado a intuir que no se trataba tanto de conseguir que la vida colaborara conmigo, sino de aprender yo a colaborar con ella.
Y eso sí ha cambiado profundamente mi manera de vivir.
Últimamente pienso que quizá esa colaboración pueda empezar de una manera muy sencilla. Al levantarnos por la mañana, en lugar de preguntarle a la vida qué tiene preparado para nosotros, podríamos invertir la pregunta:
Gracias, Vida. ¿Qué puedo ofrecerte yo hoy?
¿Cómo puedo ponerme a tu servicio? ¿Qué necesita expresarse hoy a través de mí?
Me gusta pensarme así, como un cauce. Un lugar por el que la Vida pueda discurrir y expresarse en esta forma concreta que soy. Y ojalá consiga ser un cauce cada vez un poco más limpio, más transparente, menos ocupado por mí.
No para desaparecer yo. Mi personalidad, mi historia, mis capacidades, incluso mis heridas, forman parte del instrumento, pero quizá puedo intentar que hagan un poco menos de ruido para escuchar mejor qué está pidiendo la Vida de mí.
Y entonces la pregunta empieza a cambiar. Ya no es solamente «¿qué quiero yo de la vida?», sino también «¿qué quiere la Vida de mí?».
Quizá por eso hoy me interesa tanto entrenar esa mirada. Porque si alguna vez la adversidad me ayudó a abrir una puerta, no quiero necesitar que la vida vuelva a derribarla cada vez que me olvide.
Hace poco hablaba con una amiga sobre las vacaciones y sobre esa necesidad que sentimos de parar para recargar energía. Yo misma acababa de tener unos pocos días de descanso y, por supuesto, los necesitaba y me habían sentado bien. Nuestro cuerpo necesita descansar. No quiero convertir la espiritualidad en otra exigencia más.
Pero mientras hablábamos me apareció otra pregunta: ¿y si aprendiéramos también a vivir de una manera de la que no necesitáramos escapar para volver a sentirnos vivos?
Quizá ahí esté una parte importante del entrenamiento.
No se trata de vivir permanentemente en un estado de éxtasis, ni de que cada instante tenga que ser maravilloso. Habrá cansancio, pérdidas, enfermedad. Días en los que estaremos enfadados con el mundo y volveremos a querer controlarlo todo.
Somos humanos.
Pero quizá podamos ir entrenándonos para reconocer la Vida también ahí. En una conversación. Caminando. En la persona que tenemos delante. En nuestro cuerpo. También en aquello que no elegimos.
Para mí, la espiritualidad tiene cada vez más que ver con esto.
Con entrenar el músculo del corazón para abrirme a lo que es.
No para convertirme en una persona más espiritual ni para ser mejor que nadie. Sino para vivir cada vez un poco más desde la consciencia de lo que soy y un poco menos atrapada en la identificación absoluta con esa pequeña persona que creo ser.
Decir Sí a la Vida no significa que todo me guste. Tampoco significa resignarme o no intentar cambiar aquello que necesita ser cambiado.
Significa algo más desafiante: dejar de exigirle permanentemente a la Vida que se ajuste al pequeño guion de mi voluntad como condición para estar en paz con ella.
A veces lo consigo.
Muchas otras, no.
Me pierdo otra vez en mis historias y en mis intentos de control. Y supongo que también eso forma parte del camino.
Pero cada vez siento con más fuerza que la cuestión no es tener alguna experiencia extraordinaria de conexión y guardarla como un recuerdo precioso.
La cuestión es aprender a vivir desde ahí.
Quizá un día el mar pueda ayudarnos a recordarlo. A sentir durante unos instantes que los límites se desdibujan y que no estamos separados de esa inmensidad.
Pero después volvemos a casa, y quizá ahí empieza la verdadera práctica. No en intentar reproducir aquella experiencia frente al océano, sino en aprender a reconocer esa misma inmensidad un día cualquiera. En la persona que tengo delante, en lo que me alegra y en lo que me duele.
También en esta pequeña Carmen que tantas veces vuelve a creerse el centro de la historia. Porque ella también forma parte de la Vida. No necesito deshacerme de mi personaje. Quizá solo necesito recordar, cada vez que pueda, que no soy él.
Entonces vuelvo a aquella frase con la que empecé:
Un día fui al mar.
Allí me encontré con Dios.
Y me surge una última pregunta:
¿Y si aquel día no fui al mar?
Sobre la autora
Carmen Eleta
Fundadora y presidenta de Oncomunidad
Tras casi veinte años conviviendo con distintos diagnósticos oncológicos, Carmen acompaña a pacientes, expacientes y familiares desde el autoconocimiento, el autocuidado y el cultivo de la compasión.