No nos salvamos solos: estrés, telómeros y el poder de la tribu

Hay una frase que repetimos tanto que ya ni la cuestionamos: “hay que ser fuerte”. La decimos como un halago, casi como una orden. Y quien atraviesa una enfermedad, o acompaña a alguien que la atraviesa, la escucha mil veces. Sé fuerte. Aguanta. Tú puedes sola.

Casi nunca decimos lo contrario: que sostener durante demasiado tiempo aquello que pesa puede dejar huella. No solo en el ánimo, también en el cuerpo.


Por Carmen Eleta

Revisión clínica: Dra. Silvia Rubio

El cuerpo lleva la cuenta

En 2004, un grupo de investigadoras se preguntó si el estrés sostenido podía dejar un rastro visible en nuestras células. Para averiguarlo, observaron a dos grupos de mujeres: unas cuidaban a hijos con enfermedades crónicas; otras criaban hijos sanos. Al frente del equipo estaban Elissa Epel y Elizabeth Blackburn. Esta última recibiría pocos años después el Premio Nobel por sus investigaciones sobre los telómeros.

Los telómeros son las estructuras que protegen los extremos de nuestros cromosomas. Suelen compararse con los remates de plástico de los cordones: evitan que el material genético se deshilache cada vez que una célula se divide. Con el tiempo tienden a acortarse, aunque su longitud depende también de la genética, la salud, los hábitos y las condiciones en las que vivimos.

Lo que encontraron no fue lo más obvio. La diferencia no parecía depender únicamente del hecho de cuidar, sino de cuánto tiempo llevaban haciéndolo y de cuán agotadora percibían la situación. Cuantos más años acumulaban bajo esa carga y mayor era el estrés percibido, máscortos eran sus telómeros, menor la actividad de la telomerasa —la enzima que ayuda a conservarlos— y mayor el estrés oxidativo.

Las diferencias observadas entre las mujeres con mayor y menor estrés percibido equivalían, según los cálculos del estudio, a entre nueve y diecisiete años adicionales de envejecimiento celular. Era como si el cuerpo hubiera llevado la cuenta del esfuerzo(Epel et al., 2004).

Años después, Blackburn y Epel ampliaron la mirada. Ya no hablaban solo de madres cuidadoras ni de estrés psicológico, sino de adversidad: pobreza, violencia, inseguridad, discriminación, aislamiento, sobrecarga. Condiciones que no siempre se resuelven pensando de otro modo, respirando hondo ni administrando mejor la agenda(Blackburn y Epel, 2012).

Porque no pesa igual una dificultad cuando sentimos que tenemos recursos para afrontarla que cuando creemos que debemos resolverla solos. La investigación sobre apoyo social lleva décadas describiendo esa función amortiguadora: los vínculos no hacen desaparecer el problema, pero pueden cambiar su tamaño, su significado y los recursos con los que respondemos(Cohen y Wills, 1985).


El grupo que sostiene

Hay un experimento que me gusta especialmente por su sencillez.

Varias mujeres permanecían dentro de un escáner cerebral mientras esperaban recibir una pequeña descarga eléctrica. En algunas ocasiones sostenían la mano de sus maridos; en otras, la de una persona desconocida; y en otras no sostenían ninguna mano. La amenaza era la misma. Lo que cambiaba era la compañía.

Cuando sostenían una mano, disminuía la respuesta cerebral asociada con la amenaza. El efecto era aún mayor cuando se trataba de la mano de su pareja y la relación era percibida como segura y satisfactoria (Coan et al., 2006).

Me parece una imagen muy hermosa de lo que hacemos unos por otros. Aquella mano no podía impedir la descarga ni prometer que todo saldría bien. No resolvía el problema. Simplemente estaba allí, y esa presencia modificaba la forma en que el organismo se preparaba para afrontarlo.

Somos una especie profundamente social. Durante la mayor parte de nuestra historia, sobrevivir dependió del grupo: de quienes protegían, cuidaban, compartían recursos y permanecían cerca cuando algo superaba las fuerzas de una sola persona. La tribu no era un complemento. Era una condición para seguir adelante.

Por eso, si cargar solos puede dejar huella, sentirnos acompañados puede aliviar el peso. No elimina necesariamente lo difícil, pero transforma las condiciones en las que lo atravesamos.

Atravesar la adversidad no depende solo de la magnitud de los problemas, sino también de los recursos con los que contamos para afrontarlos. Y entre esos recursos aparecen una y otra vez los vínculos seguros, la sensación de pertenecer y la posibilidad de nombrar lo que nos ocurre sin tener que explicarlo desde el principio.


No es lo mismo estar rodeado que sentirse acompañado

Podemos estar rodeados de personas que nos quieren y sentir, aun así, que hay cosas que no podemos compartir. A veces callamos para no preocupar. Otras tememos ser repetitivos, desagradecidos o demasiado negativos. También puede ocurrir que no sepamos explicar lo que nos pasa porque todavía estamos intentando entenderlo.

En un proceso oncológico esto sucede con frecuencia. Quien recibe un diagnóstico puede sentir que debe proteger emocionalmente a sus hijos, a su pareja o a sus padres. La familia, por su parte, puede esconder su miedo para no añadir más peso. Todos intentan cuidar a los demás y, con la mejor intención, terminan sintiéndose un poco más solos.

Lo vimos con mucha claridad durante el proyecto piloto de Oncomunidad: la culpa y la soledad caben incluso dentro de una habitación llena de amor.

Una investigación con mujeres con cáncer de mama metastásico encontró algo revelador. No era la cantidad de personas disponibles lo que se relacionaba con menores concentraciones de cortisol, una de las hormonas implicadas en la respuesta al estrés. Lo importante era la calidad del apoyo: sentir que había alguien con quien hablar, recibir ayuda práctica y saberse parte de algo (Turner-Cobb et al., 2000).

Acompañar no consiste únicamente en estar cerca. Es ofrecer una presencia en la que el otro no necesite disimular, defenderse ni tranquilizarnos. Es poder preguntar “¿cómo estás?” y estar dispuesto a escuchar una respuesta que quizá no sea cómoda, optimista ni breve.

La importancia de los vínculos aparece también en un gran metaanálisis con datos de más de 300.000 personas. Los autores encontraron que las relaciones sociales sólidas se asociaban con una probabilidad de supervivencia un 50 % mayor durante los periodos estudiados. Además, las medidas que evaluaban la integración social de forma amplia resultaban más informativas que indicadores simples, como vivir solo o acompañado (Holt-Lunstad et al., 2010).


El alivio de no tener que explicarse

La familia y los amigos pueden ofrecer amor, historia compartida y cuidados. Los profesionales sanitarios aportan el conocimiento clínico que necesitamos. Quienes han atravesado una experiencia parecida ofrecen algo distinto: reconocimiento.

Un estudio realizado con nueve grupos de apoyo para personas con cáncer preguntó a sus integrantes qué encontraban allí que no aparecía del mismo modo en otras relaciones. Hablaron de comunidad, aceptación, información basada en la experiencia y libertad para expresar emociones. También describieron una mayor confianza y una capacidad renovada para tomar decisiones sobre su propia vida (Ussher et al., 2006).

En estos espacios podemos decir “hoy no puedo” sin tener que justificarlo. Podemos hablar de un miedo que fuera de ese círculo parecería exagerado, preguntar por una sensación corporal o una dificultad cotidiana del tratamiento, reírnos de situaciones que en otro lugar nadie entendería o guardar silencio sin que ese silencio resulte incómodo.

El humor ocupa aquí un lugar importante. Durante unos minutos dejamos de ser personas responsables, valientes y ejemplares. Podemos jugar, hacer el ridículo, equivocarnos y ser maravillosamente inadecuados. En una etapa en la que tantas cosas parecen escapar a nuestro control, ese permiso devuelve ligereza.

Esto explica una aparente paradoja de Oncomunidad: aunque el cáncer sea la experiencia que nos ha reunido, no ocupa el centro permanente de la conversación.

El diagnóstico puede abrir la puerta, pero no define lo que sucede dentro. Hablamos de relaciones, miedo, alegría, tristeza, límites, propósito, cuerpo, creatividad y de todo aquello que sigue formando parte de la vida. Cuando ya no es necesario explicar desde el principio qué significa atravesar una enfermedad, queda espacio para volver a hablar de muchas otras cosas.


De recibir ayuda a formar parte

Hay otro aspecto de la comunidad que me parece fundamental: rompe la separación rígida entre quien ayuda y quien necesita ayuda.

En algunos espacios, una persona llega como paciente, usuaria o beneficiaria. Alguien sabe y alguien aprende. Alguien ofrece y alguien recibe. Pero en una comunidad viva los papeles cambian.

Hoy puedo necesitar que me escuchen y mañana ser yo quien reconozca el miedo de otra persona. Un día llego con fuerzas para compartir una idea; otro, apenas puedo estar presente. Puedo formular una pregunta que nadie se había atrevido a hacer, enviar un mensaje, compartir información práctica, provocar una risa o decir la frase que alguien necesitaba escuchar.

Enfermar puede estrechar nuestra identidad. De pronto, parecemos convertirnos únicamente en pacientes, cuidadoras, supervivientes o familiares. La comunidad vuelve a ensancharla. Nos recuerda que seguimos siendo personas con conocimientos, humor, sensibilidad, contradicciones y algo que ofrecer.

Ese movimiento de dar y recibir es una de las cosas que más me conmueven de Oncomunidad. Nadie sostiene siempre y nadie necesita ser sostenido todo el tiempo. Nos vamos alternando.

Quizá ahí resida una parte esencial de la fortaleza de los grupos: no nos convierten en personas invulnerables, sino en personas vulnerables que ya no tienen que ocultarlo.


El poder de la tribu

Aquellas madres cuidadoras mostraron que el cuerpo puede conservar la huella del esfuerzo sostenido. Las investigaciones posteriores han ido completando la imagen: las condiciones en las que vivimos, los vínculos que nos rodean y la posibilidad de sentirnos comprendidos forman parte de los recursos con los que atravesamos la adversidad.

Los telómeros no miden la compañía ni demuestran que un abrazo rejuvenezca. Nos dicen algo más interesante: nuestra biología no está separada de la vida que llevamos.

Una conversación no elimina una enfermedad. Una mano no sustituye un tratamiento. Una comunidad no responde todas las preguntas ni evita que aparezca el miedo. Pero puede cambiar las condiciones en las que vivimos todo eso: lo difícil pesa de otra manera cuando puede decirse, y el miedo ocupa menos espacio cuando deja de ser un secreto.

La mayor fortaleza se construye entre varios: en los pasos que damos junto a la tribu, en los espacios donde acompañar y ser acompañado forman parte del mismo movimiento, y donde se puede llegar fuerte, cansado, entusiasta, roto, comunicativo o silencioso.

De esa convicción nace Oncomunidad.

Si sientes que llevas demasiado tiempo cargando en solitario, o simplemente te apetece encontrar un espacio donde compartir sin tener que traducir nada, en nuestro programa de Cultivo de la Compasión (CCT) trabajamos precisamente eso: la capacidad de sostenernos y de sostener a otros, con compañía y con método.

Conoce el programa CCT de Oncomunidad →


 

Sobre la autora

carmen-aleta-fundadora-presidenta-oncomunidad.PNG

Carmen Eleta

Fundadora y presidenta de Oncomunidad

Tras casi veinte años conviviendo con distintos diagnósticos oncológicos, Carmen acompaña a pacientes, expacientes y familiares desde el autoconocimiento, el autocuidado y el cultivo de la compasión.

Ver perfil completo→

 

Referencias

  1. Blackburn, E. H., & Epel, E. S. (2012). Telomeres and adversity: Too toxic to ignore. Nature, 490, 169–171. https://doi.org/10.1038/490169a

  2. Coan, J. A., Schaefer, H. S., & Davidson, R. J. (2006). Lending a hand: Social regulation of the neural response to threat. Psychological Science, 17(12), 1032–1039. https://doi.org/10.1111/j.1467-9280.2006.01832.x

  3. Cohen, S., & Wills, T. A. (1985). Stress, social support, and the buffering hypothesis. Psychological Bulletin, 98(2), 310–357. https://doi.org/10.1037/0033-2909.98.2.310

  4. Epel, E. S., Blackburn, E. H., Lin, J., Dhabhar, F. S., Adler, N. E., Morrow, J. D., & Cawthon, R. M. (2004). Accelerated telomere shortening in response to life stress. Proceedings of the National Academy of Sciences, 101(49), 17312–17315. https://doi.org/10.1073/pnas.0407162101

  5. Holt-Lunstad, J., Smith, T. B., & Layton, J. B. (2010). Social relationships and mortality risk: A meta-analytic review. PLOS Medicine, 7(7), e1000316. https://doi.org/10.1371/journal.pmed.1000316

  6. Turner-Cobb, J. M., Sephton, S. E., Koopman, C., Blake-Mortimer, J., & Spiegel, D. (2000). Social support and salivary cortisol in women with metastatic breast cancer. Psychosomatic Medicine, 62(3), 337–345. https://doi.org/10.1097/00006842-200005000-00007

  7. Ussher, J., Kirsten, L., Butow, P., & Sandoval, M. (2006). What do cancer support groups provide which other supportive relationships do not? The experience of peer support groups for people with cancer. Social Science & Medicine, 62(10), 2565–2576. https://doi.org/10.1016/j.socscimed.2005.10.034

Siguiente
Siguiente

Desde mis tripas, con amor: escuchando a mi cuerpo, honrándolo siempre