Es posible cuidar sin dejarnos fuera de la ecuación: entrevista a la Dra. Silvia Rubio

Por Carmen Eleta


Quienes trabajan en el ámbito sanitario aprenden a diagnosticar, tratar y acompañar. Sin embargo, pocas veces reciben herramientas para reconocer y gestionar el impacto emocional de convivir a diario con el sufrimiento, la incertidumbre y la vulnerabilidad de otras personas.

La irritabilidad, la angustia ante una nueva jornada o la sensación de no poder hacer nunca lo suficiente pueden indicar que, en algún momento del camino, quien cuida se ha quedado fuera de la ecuación.

Para la doctora Silvia Rubio, médico internista y especialista en cuidados paliativos, este desgaste no puede atribuirse simplemente a una falta de vocación ni resolverse con una invitación genérica al autocuidado: existen también entornos laborales dañinos y responsabilidades institucionales que no dependen de quien cuida.

En esta conversación, celebrada el pasado 13 de julio, hablamos sobre qué entendemos realmente por compasión; por qué la empatía, aunque necesaria, no siempre es suficiente; cómo la autocompasión puede ayudarnos a afrontar el error y la autoexigencia, y por qué poner límites también puede ser una respuesta compasiva.

El resultado es una invitación a tener “una espalda fuerte y un corazón suave” para seguir cuidando sin renunciar a nosotros mismos. Comparto a continuación algunos de los momentos más reveladores de aquella conversación. También puedes ver aquí la entrevista completa.

 ¿Por qué las personas que más cuidan suelen olvidarse de sí mismas? ¿Qué observas habitualmente entre los profesionales sanitarios y quienes acompañan a otros?

Hablo sobre todo desde mi experiencia como médico. Creo que hay dos claves: la identificación con el papel de cuidador y la autoexigencia. Parece que, si eres la médica o la enfermera de la familia, tienes que cuidar de todo el entorno. La sociedad nos asigna ese papel y muchas veces nos lo creemos. También parece que somos inmunes al sufrimiento por estar acostumbrados a verlo, y nada más lejos de la realidad.

La segunda clave aparece cuando sentimos que curar o sacar adelante al otro es enteramente nuestra responsabilidad. Nuestra tarea es ser un apoyo, no sustituir sus recursos, y los resultados no dependen únicamente de nosotros. Estar tan volcados en cuidar puede dejarnos sin energía para mirar hacia nosotros mismos.

¿Cuáles dirías que son las señales de que nos estamos dejando fuera de la ecuación?

Cada persona tiene que conocer sus señales. En mi caso, la irritabilidad: cuando todo me molesta, necesito parar y preguntarme qué está pasando. También he visto profesionales que empiezan a vivir al paciente como un enemigo: “Otra vez está aquí, otra vez me llama”. Olvidamos que estamos precisamente para ayudar a esa persona.

Cuando aparece una aversión clara al trabajo o, directamente un síndrome de burnout o quemado por el trabajo, el desgaste ya está establecido. Por eso es crucial hacer el viaje de autoconocimiento mucho antes de llegar a esta fase.

Y siempre insisto en algo: no todo depende de nosotros. Las instituciones tienen la responsabilidad de cuidar a sus trabajadores. Por mucho que entrenemos la compasión y tengamos toda la vocación del mundo, un entorno laboral dañino sigue siendo dañino. Reconocerlo y poner límites (a veces incluso resultando en retirarse de forma definitiva de ese entorno laboral) es una respuesta compasiva.

¿Por qué solemos ser más amables con los demás que con nosotros mismos?

Creo que tiene mucho que ver con la educación y la costumbre. No estamos acostumbrados a tratarnos con amabilidad. En el ámbito sanitario se nos exige profesionalidad y competencia, pero sentimos que tenemos muy poco margen para equivocarnos.

Todos hemos cometido y seguiremos cometiendo errores. La pregunta es cómo nos hablamos cuando eso sucede. ¿Le diríamos a alguien querido lo mismo que nos decimos a nosotros mismos? Solemos tener explicaciones y comprensión para los demás, pero con nosotros pensamos: “Errar es humano, pero a mí no me pasa o no me lo puedo permitir”.

Así añadimos sufrimiento al dolor del error. Tratarnos con amabilidad no significa que todo nos dé igual. Significa ser nuestro primer apoyo, también cuando las cosas van mal. Estamos con nosotros mismos todos los días: merece la pena que esa relación sea tranquila.

Cuando hablamos de compasión, ¿de qué estamos hablando exactamente?

La compasión es el amor en presencia del sufrimiento. Reconocemos ese sufrimiento, nos importa y tenemos la motivación de hacer algo para intentar aliviarlo. Está lejos de la lástima o la pena, que sitúan por debajo a la persona hacia la que las sentimos.

Eso no significa que siempre podamos solucionar el problema. Quienes acompañamos el final de la vida conocemos bien nuestros límites. Se trata de encontrar desde dónde podemos ayudar. A veces, lo compasivo es poner un límite o retirarse si nuestra intervención está haciendo daño.

La autocompasión es dirigir esa misma actitud hacia nuestro propio sufrimiento. También somos seres humanos y debemos incluirnos en ese círculo cuidado. Y no hace falta estar atravesando una gran tragedia: hablamos también del malestar y de las dificultades cotidianas.

¿Y en qué se diferencia de la empatía?

La empatía forma parte de la compasión: necesitamos conectar con lo que le ocurre al otro para que nos importe. Pero la empatía, por sí sola, no implica acción. Puedes contarme un problema y yo sufrir contigo sin movilizar recursos para intentar aliviarlo.

Además, si nos quedamos pegados al sufrimiento ajeno, podemos perder la perspectiva necesaria para ayudar. Esa distancia no tiene que ver con ser fríos. El sufrimiento nos tiene que tocar, porque lo estamos reconociendo, pero no tenemos por qué cargar con él.

En estos entornos hablamos de tener, en palabras de la maestra budista Zen Joan Halifax, un corazón suave y una espalda fuerte que nos contenga. Esa espalda y ese corazón también se entrenan. La compasión nos permite acercarnos al dolor con la intención de ayudar, sin sobreidentificarnos con lo que está viviendo la otra persona.

¿Qué nos dice la ciencia sobre la compasión?

Es un campo de investigación relativamente joven, aunque ya cuenta con numerosas publicaciones, también sobre profesionales sanitarios. Los estudios relacionan la compasión, y especialmente la autocompasión, con un mayor bienestar psicológico y con menos problemas de ansiedad, depresión y estrés. También se investiga su relación con la gratitud y la satisfacción con la vida.

En mi experiencia, recuperar estos aprendizajes me ayuda a vivir con más tranquilidad y a tomar decisiones de una forma más serena, aunque sean difíciles. Porque, incluso siendo instructora, a veces se me olvida: la inercia de la vida nos lleva. Por eso tiene sentido volver a practicar.

¿Qué diferencia hay entre atravesar el sufrimiento en soledad y hacerlo acompañados?

Somos seres sociales, somos interdependientes y tenemos una humanidad compartida. Contar con una red de apoyo sincera y desinteresada marca una diferencia, especialmente en los momentos difíciles.

Vosotros lo sabéis bien en Oncomunidad: no es lo mismo atravesar una experiencia de cáncer en soledad que hacerlo en compañía de personas que pueden ofrecer sostén. Cuando alguien ha recorrido un camino parecido, puede reconocer inquietudes y dificultades que aparecen en ese proceso, aunque cada experiencia sea distinta.

Eso no significa que tengamos que haber pasado por todas las situaciones para ayudar. Podemos acompañar a alguien sin haber vivido lo mismo. Pero sentir que hay otras personas ahí, que nos comprenden y nos apoyan, cambia la manera de atravesar el sufrimiento.

¿En qué consiste el programa CCT que facilitas en Oncomunidad?

El Entrenamiento en el Cultivo de la Compasión (CCT) es un programa de ocho semanas nacido en la Universidad de Stanford. A través de sesiones en grupo, ejercicios, meditación y prácticas entre encuentros, vamos explorando la compasión: desde la que surge de forma natural hacia un ser querido hasta la que podemos cultivar hacia personas con las que nos resulta más difícil conectar.

También trabajamos la autocompasión, la humanidad compartida y la interdependencia. Es un recorrido de autoconocimiento en el que aparecen resistencias y descubrimientos.

No son clases magistrales. Hay una metodología, pero buena parte del aprendizaje nace del intercambio y de la comunidad que se crea. En Oncomunidad, además, damos continuidad a la práctica con encuentros posteriores. Yo lo enseño porque a mí me cambió bastante la vida.

¿Qué quieres decir cuando dices que te cambió la vida?

Yo vivía en una rueda de autoexigencia: no podía fallar. Tenía comprensión para todo el mundo menos para mí misma, y era de esas personas que pueden terminar quemándose de tanto cuidar a los demás.

El entrenamiento me abrió una puerta: podía relacionarme conmigo de una manera más amable. No se trata de ver solo lo positivo ni de negar lo que va mal, sino de ponerlo todo sobre la mesa: lo que va bien, lo que va mal y lo que va regular.

No me he convertido en una persona completamente distinta. Sigo siendo exigente, pero ahora puedo darme cuenta de cuándo me estoy machacando. Y eso, para mí, es lo importante: no quedarme ahí indefinidamente. Cada vez salgo antes.


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La Dra. Silvia Rubio facilita en Oncomunidad el programa Entrenamiento en el Cultivo de la Compasión (CCT).

 

Sobre la autora

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Carmen Eleta

Fundadora y presidenta de Oncomunidad

Tras casi veinte años conviviendo con distintos diagnósticos oncológicos, Carmen acompaña a pacientes, expacientes y familiares desde el autoconocimiento, el autocuidado y el cultivo de la compasión.

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