Compasión y salud: qué dice la evidencia científica
Un seguimiento de casi cinco años a más de mil adultos relacionó mayores niveles de compasión con un mejor bienestar mental y una menor sensación de soledad. Ensayos clínicos y metaanálisis indican, además, que esta capacidad puede entrenarse y contribuir a reducir el malestar psicológico.
Médico internista y especialista en cuidados paliativos.
Facilitadora del programa Entrenamiento en el Cultivo de la Compasión ©
Que la compasión puede aliviar el sufrimiento es una idea antigua. Que sus efectos puedan medirse con las herramientas de la ciencia de la salud es una línea de investigación mucho más reciente.
En 2021, un equipo de la Universidad de California en San Diego publicó uno de los estudios longitudinales más amplios realizados hasta ahora sobre esta cuestión (Lee et al., 2021). Los investigadores siguieron durante una media de casi cinco años a 1.090 adultos de entre 27 y 101 años, y evaluaron mediante escalas validadas su compasión hacia los demás, su autocompasión y distintos indicadores de salud física y mental.
Los resultados mostraron que las personas con mayores niveles de compasión —y aquellas en las que ésta aumentó durante el seguimiento— presentaban después un mayor bienestar psicológico y una menor sensación de soledad. El estudio no permite afirmar por sí solo que la compasión fuera la causa directa de esas mejoras, pero sí reveló una relación sostenida en el tiempo que merece atención.
Este trabajo forma parte de una línea de investigación que ha crecido con rapidez durante las dos últimas décadas. La compasión ha dejado de estudiarse únicamente como un valor moral o una disposición personal y ha comenzado a examinarse mediante estudios longitudinales, ensayos clínicos y metaanálisis.
La acumulación de evidencias ha llevado a algunos investigadores a proponerla como un objetivo transdiagnóstico: una capacidad que no actúa sobre una enfermedad concreta, pero que puede ayudar a afrontar formas de sufrimiento presentes en problemas muy distintos, como la ansiedad, la depresión, el estrés, la soledad o el agotamiento asociado a los cuidados (Kirby, 2025).
¿Qué permite afirmar hoy esa evidencia? ¿Qué beneficios están razonablemente respaldados, qué ocurre cuando la compasión se entrena de forma deliberada y por qué vías podría influir también en el cuerpo?
Cómo se relaciona la compasión con la salud
El estudio de San Diego mostró, en primer lugar, que la compasión hacia los demás y la autocompasión no son exactamente la misma capacidad. Aunque pueden coexistir, la relación entre ambas es débil: una persona puede mostrarse atenta y generosa con quienes la rodean y, al mismo tiempo, tratarse con dureza cuando atraviesa una dificultad (Lee et al., 2021).
La distinción es importante porque buena parte de los beneficios observados para la salud se relacionan con la autocompasión: la capacidad de reconocer el propio sufrimiento y responder ante él con comprensión y cuidado, en lugar de hacerlo con juicio, rechazo o exigencia excesiva.
La evidencia más consistente se encuentra en el ámbito de la salud mental. En el estudio longitudinal, tanto presentar niveles elevados de compasión al inicio como aumentarlos durante el seguimiento se relacionó con un mayor bienestar psicológico y una menor sensación de soledad años después (Lee et al., 2021).
La soledad no es únicamente una experiencia desagradable. Cuando se mantiene en el tiempo, se asocia con un mayor riesgo de problemas de salud y mortalidad (Holt-Lunstad et al., 2015). Por eso, la relación entre compasión y menor soledad resulta especialmente relevante: apunta a que esta capacidad podría favorecer tanto la conexión con otras personas como una forma menos hostil de relacionarse con uno mismo.
Los resultados coinciden con el conjunto de la investigación disponible. Distintas revisiones y metaanálisis encuentran de manera consistente que una mayor autocompasión se relaciona con menos síntomas de ansiedad y depresión, menos estrés y un menor malestar psicológico general (Neff, 2023).
En la salud física, los resultados son más modestos. Las personas con mayor autocompasión tienden a mantener conductas de cuidado con más constancia, como realizar actividad física, dormir adecuadamente o buscar atención sanitaria cuando la necesitan. Un metaanálisis de casi un centenar de estudios encontró asociaciones positivas con los hábitos de salud y, en menor medida, con algunos indicadores de salud física (Phillips & Hine, 2021).
Los efectos observados no permiten concluir que la autocompasión proteja por sí sola frente a la enfermedad. Sin embargo, apuntan a un mecanismo plausible: una persona que responde a sus dificultades con cuidado, en lugar de con crítica o abandono, puede estar también más dispuesta a atender las necesidades de su cuerpo.
En el estudio de San Diego, la relación con el bienestar físico se observó principalmente entre los participantes menores de 60 años. El hallazgo sugiere que la edad podría modificar el modo en que la compasión se relaciona con la salud, aunque serán necesarios más estudios para comprender esa diferencia (Lee et al., 2021).
¿Asociación o efecto?
Los estudios observacionales muestran que la compasión y una mejor salud suelen aparecer relacionadas, pero no permiten demostrar por sí solos que una sea la causa de la otra. Lo más probable es que ambas dimensiones se influyan mutuamente.
El estudio de San Diego aporta una pista relevante: la secuencia temporal. Las personas cuyas puntuaciones de compasión aumentaron durante el seguimiento mostraron después mejoras en el bienestar psicológico y una menor sensación de soledad. Es decir, el aumento medido de la compasión apareció antes que esos cambios en el bienestar. Este orden es compatible con una posible relación causal, aunque no basta para confirmarla (Lee et al., 2021).
Para avanzar más allá de la asociación es necesario intervenir: entrenar la compasión en un grupo de personas y comparar sus resultados con los de otro grupo que no recibe el mismo programa. Ese es el propósito de los ensayos clínicos aleatorizados.
Uno de los más relevantes se realizó en Dinamarca (Hansen et al., 2021) con familiares que cuidaban de personas con enfermedad mental, una población especialmente expuesta al estrés y al agotamiento. Los participantes fueron asignados al azar a un programa estructurado de cultivo de la compasión de ocho semanas o a una lista de espera.
Al finalizar la intervención, quienes habían participado en el programa presentaban menos síntomas de depresión, ansiedad y estrés, además de una mayor resiliencia y una mejor regulación emocional. Parte de estas mejoras se mantenía seis meses después. El estudio aporta así una evidencia más sólida de que entrenar la compasión puede producir cambios psicológicos medibles, al menos en determinadas poblaciones y condiciones.
Los resultados coinciden con los de investigaciones más amplias. Un metaanálisis de 56 ensayos controlados encontró que las intervenciones de autocompasión reducían los síntomas depresivos y el estrés con efectos de magnitud moderada, y la ansiedad con efectos algo menores (Han & Kim, 2023). Otras revisiones de programas basados en la compasión llegan a conclusiones similares (Ferrari et al., 2019; Kirby et al., 2017).
En conjunto, la evidencia respalda una idea central: la compasión no es únicamente un rasgo estable que unas personas poseen en mayor medida que otras. También es una capacidad que puede desarrollarse mediante la práctica. Su entrenamiento no produce los mismos efectos en todas las personas ni sustituye otros tratamientos, pero sí puede contribuir a reducir distintas formas de malestar psicológico.
Cómo llega al cuerpo
¿Cuáles son los mecanismos fisiológicos por los que la actitud compasiva produce bienestar psicológico? Una de las hipótesis más estudiadas apunta al sistema nervioso autónomo, encargado de regular funciones involuntarias como el ritmo cardíaco, la respiración o la respuesta al estrés.
De forma simplificada, este sistema combina mecanismos de activación y recuperación. La rama simpática prepara al organismo para responder ante una amenaza: aumenta la alerta, acelera el pulso y moviliza energía. La rama parasimpática favorece, en cambio, la calma y la recuperación una vez que el peligro ha pasado. En esta segunda respuesta desempeña un papel central el nervio vago.
El problema aparece cuando el organismo permanece activado durante demasiado tiempo. El estrés sostenido dificulta la recuperación y puede alterar distintos procesos fisiológicos. La hipótesis es que los estados y las prácticas de compasión ayudan a reducir esa activación y facilitan el retorno a un estado de mayor equilibrio.
Uno de los indicadores utilizados para estudiar este proceso es la variabilidad de la frecuencia cardíaca: las pequeñas diferencias en el intervalo entre un latido y el siguiente. Una mayor variabilidad en reposo suele interpretarse como una señal de mayor flexibilidad del sistema nervioso autónomo y de una mejor capacidad para adaptarse a las demandas del entorno.
Un metaanálisis de los estudios disponibles encontró que los estados y las prácticas de compasión se relacionaban con una mayor variabilidad de la frecuencia cardíaca, con un efecto de magnitud moderada (Di Bello et al., 2020). Un estudio experimental también relacionó la autocompasión con la recuperación del cortisol después de una situación de estrés agudo (Maeda, 2022).
Estos resultados sugieren que la compasión no actúa únicamente sobre la forma de interpretar una experiencia, sino también sobre la manera en que el organismo responde a ella. Aun así, conviene ser prudentes: la investigación sobre estos mecanismos es todavía reciente, los estudios son heterogéneos y no todos emplean las mismas intervenciones ni los mismos indicadores.
La evidencia disponible señala una vía plausible, pero no permite afirmar que la compasión produzca por sí sola cambios fisiológicos duraderos o clínicamente relevantes. Lo que sí empieza a mostrar es que la sensación de calma descrita durante estas prácticas puede tener un correlato medible en la regulación del estrés.
Qué puede esperarse de la compasión
La evidencia disponible permite hablar de beneficios reales, aunque generalmente moderados. Como hemos señalado anteriormente, una mayor autocompasión se relaciona con un mejor bienestar psicológico, menos soledad y menos síntomas de ansiedad, depresión y estrés. Cuando se entrena mediante programas estructurados, estas mejoras pueden mantenerse más allá de la intervención.
También existen indicios de que las prácticas compasivas favorecen una respuesta fisiológica más flexible ante el estrés. Sin embargo, la evidencia en este ámbito es todavía menos sólida que la relativa a la salud mental, y no permite asegurar que esos cambios se traduzcan por sí solos en una mejora duradera de la salud física.
La compasión no es un tratamiento para una enfermedad ni sustituye la atención médica o psicológica. Su valor se encuentra en otro lugar: puede ayudar a relacionarse con el dolor, la incertidumbre y la vulnerabilidad de una manera menos crítica, menos aislada y más cuidadosa. En definitiva, mi visión es que el enfoque compasivo (“las gafas compasivas”) nos proporciona una forma más amable y constructiva de navegar los distintos eventos que nos encontramos a lo largo de la vida.
Las investigaciones muestran, además, que los efectos de los programas de compasión suelen ser más claros cuando se comparan con grupos que no reciben ninguna intervención. Frente a intervenciones activas, la evidencia es más limitada y las diferencias son menos consistentes (Ferrari et al., 2019; Han & Kim, 2023). Esto no reduce su utilidad, pero ayuda a situarla correctamente: como un recurso complementario, no como una alternativa que desplace otros cuidados.
Entendida de esta manera, la compasión puede formar parte de una atención más amplia a la salud. No elimina el sufrimiento ni evita necesariamente la enfermedad, pero puede ofrecer recursos para afrontarlos con mayor estabilidad emocional, reducir el malestar añadido por la autocrítica y sostener mejor el vínculo con otras personas.
La ciencia no ha descubierto aquí una solución milagrosa. Ha aportado algo más concreto: evidencias de que la manera en que respondemos al sufrimiento —propio y ajeno— influye en nuestro bienestar y de que esa respuesta no es una cualidad fija ni reservada a unas pocas personas. Puede aprenderse, ejercitarse y fortalecerse mediante la práctica.
El Entrenamiento en el Cultivo de la Compasión (CCT) es un programa guiado de ocho semanas (Jazaieri et al., 2013) que se ofrece en distintos espacios e instituciones, entre ellos Oncomunidad. Su propósito es cultivar una relación más amable, estable y consciente con el sufrimiento propio y ajeno, mediante prácticas orientadas a fortalecer la autocompasión, la conexión con los demás y los recursos necesarios para afrontar las dificultades con mayor equilibrio.
Sobre la autora
Dra. Silvia Rubio Gómez
Médico internista y especialista en cuidados paliativos · Facilitadora del programa CCT en Oncomunidad
Médico internista y especialista en cuidados paliativos, con práctica hospitalaria en un equipo de soporte de cuidados paliativos, e instructora certificada del Entrenamiento en el Cultivo de la Compasión (CCT) por el Compassion Institute de la Universidad de Stanford.
Referencias
Di Bello, M., Carnevali, L., Petrocchi, N., Thayer, J. F., Gilbert, P., & Ottaviani, C. (2020). The compassionate vagus: A meta-analysis on the connection between compassion and heart rate variability. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 116, 21–30. https://doi.org/10.1016/j.neubiorev.2020.06.016
Ferrari, M., Hunt, C., Harrysunker, A., Abbott, M. J., Beath, A. P., & Einstein, D. A. (2019). Self-compassion interventions and psychosocial outcomes: A meta-analysis of RCTs. Mindfulness, 10, 1455–1473. https://doi.org/10.1007/s12671-019-01134-6
Han, A., & Kim, T. H. (2023). Effects of self-compassion interventions on reducing depressive symptoms, anxiety, and stress: A meta-analysis. Mindfulness, 14, 1553–1581. https://doi.org/10.1007/s12671-023-02148-x
Hansen, N. H., Juul, L., Pallesen, K.-J., & Fjorback, L. O. (2021). Effect of a compassion cultivation training program for caregivers of people with mental illness in Denmark: A randomized clinical trial. JAMA Network Open, 4(3), e211020. https://doi.org/10.1001/jamanetworkopen.2021.1020
Holt-Lunstad, J., Smith, T. B., Baker, M., Harris, T., & Stephenson, D. (2015). Loneliness and social isolation as risk factors for mortality: A meta-analytic review. Perspectives on Psychological Science, 10(2), 227–237. https://doi.org/10.1177/1745691614568352
Jazaieri, H., Jinpa, G. T., McGonigal, K., Rosenberg, E. L., Finkelstein, J., Simon-Thomas, E., Cullen, M., Doty, J. R., Gross, J. J., & Goldin, P. R. (2013). Enhancing compassion: A randomized controlled trial of a compassion cultivation training program. Journal of Happiness Studies, 14, 1113–1126. https://doi.org/10.1007/s10902-012-9373-z
Kirby, J. N. (2025). Compassion as a transdiagnostic target to reduce mental health symptoms and promote well-being. Nature Reviews Psychology, 4(4), 249–263. https://doi.org/10.1038/s44159-025-00422-4
Kirby, J. N., Tellegen, C. L., & Steindl, S. R. (2017). A meta-analysis of compassion-based interventions: Current state of knowledge and future directions. Behavior Therapy, 48(6), 778–792. https://doi.org/10.1016/j.beth.2017.06.003
Lee, E. E., Govind, T., Ramsey, M., Wu, T. C., Daly, R., Liu, J., Tu, X. M., Paulus, M. P., Thomas, M. L., & Jeste, D. V. (2021). Compassion toward others and self-compassion predict mental and physical well-being: A 5-year longitudinal study of 1090 community-dwelling adults across the lifespan. Translational Psychiatry, 11, 397. https://doi.org/10.1038/s41398-021-01491-8
Maeda, S. (2022). Trait and state self-compassion interactively predict cortisol recovery following an acute stressor in healthy males. Psychoneuroendocrinology, 144, 105864. https://doi.org/10.1016/j.psyneuen.2022.105864
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Phillips, W. J., & Hine, D. W. (2021). Self-compassion, physical health, and health behaviour: A meta-analysis. Health Psychology Review, 15(1), 113–139. https://doi.org/10.1080/17437199.2019.1705872