Desde mis tripas, con amor: escuchando a mi cuerpo, honrándolo siempre


Por Carmen Eleta

Nunca pensé que sería capaz de hacer público algo tan íntimo, algo que ha condicionado mi vida durante tantos años. Y, sin embargo, hoy siento que necesito contarlo.

Y lo hago porque, después de mucho tiempo, empiezo a comprender lo importante que es no abandonarnos en esos momentos en los que más necesitamos sentir que estamos de nuestro lado, o lo que es lo mismo, aprender a acompañarnos con mayor compasión y amabilidad en especial cuando más duele.

Hay personas que se levantan por la mañana, desayunan y salen de casa.

Yo no.

Desde hace muchos años, mis mañanas empiezan con un ritual que busca responder a una pregunta:

“¿Cómo estarán hoy mis tripas?”

Puede sonar extraño reconocer algo así, pero esa pregunta ha marcado mi vida mucho más de lo que me gustaría admitir. De su respuesta dependía si aceptaba una reunión, si hacía un viaje, si quedaba con alguien para tomar un aperitivo o si prefería cancelar un plan porque mi cuerpo, sencillamente, no estaba acompañando.

Recuerdo especialmente un viaje de trabajo a Dubái.

Era abril de 2018.

Llevaba semanas enlazando vuelos, hoteles, reuniones y comidas de trabajo. Había empujado mi cuerpo mucho más allá de lo que podía sostener, y aquel viaje fue el remate.

Para nuestros clientes dubaitíes era casi un sacrilegio rechazar algo que te ofrecían en la mesa, y yo había ido aceptando todo sabiendo que mi cuerpo se resentiría, pero era más importante agradar a nuestros clientes. Aquella noche llegué al hotel especialmente mal. Tenía el abdomen completamente hinchado. Sentía que todo se había quedado bloqueado dentro de mí, como si mi cuerpo hubiera dicho: hasta aquí.

Dormí fatal. A la mañana siguiente tenía una reunión muy importante con uno de los socios de la consultora para la que trabajaba. Después cogería el avión de vuelta a Madrid.

O, al menos, ese era el plan.

Abrí los ojos y sentí que mi cuerpo ya no podía más. Recuerdo perfectamente lo que me costó hacer aquella llamada. Tuve que decir a mi jefe que hiciera él la reunión y que yo necesitaba cancelar el vuelo. Sabía que aquella decisión probablemente no jugaría a mi favor. Pero también sabía que, si ignoraba lo que mi cuerpo me estaba diciendo, el precio sería mucho mayor.

Volví a Madrid un día después.

En aquel momento pensé que aquella historia hablaba simplemente de unas tripas que funcionaban mal. Hoy creo que hablaba de un cuerpo sometido a un ritmo que no correspondía.

Ya de pequeña tenía dificultades para ir al baño. Después llegaron los procesos oncológicos, las operaciones, los tratamientos, las adherencias… y todo aquello que ya era delicado se volvió todavía más complejo.

Durante mucho tiempo viví enfadada con mis tripas. No entendía por qué no hacían lo que yo necesitaba que hicieran.

¿Por qué hoy?

¿Por qué ahora?

¿Por qué otra vez?

Había días en los que salía de casa con la sensación de llevar una bomba de relojería dentro. Y, cuando tenía que convivir durante horas con la incomodidad, volvía agotada, no solo por el dolor, sino por la tensión y el estrés acumulados. Un estrés que me alejaba todavía más de la paz que tanto necesitaba.

Con el tiempo comprendí que no solo estaba luchando contra unas tripas complicadas. Estaba, sobre todo, luchando contra la idea de que mi cuerpo tenía que comportarse exactamente como yo necesitaba para que mi vida pudiera seguir su curso.

Cuanto más intentaba controlarlo más sufría. Y no es que los síntomas fueran imaginarios: eran y son muy reales. Pero alrededor de ellos había construido otra batalla todavía más grande: la batalla del control. Querer que mi cuerpo obedeciera mi agenda y mis horarios, mis planes y mis expectativas.

Y quizá ahí había una enseñanza que me estaba costando muchísimo escuchar: la vida no se deja controlar. Y el cuerpo tampoco.

Hasta que un día dejé de preguntarme:

“¿Cómo consigo que mis tripas hagan lo que yo quiero?”

Y empecé a preguntarme:

“¿Cómo puedo acompañarlas mejor?”

Parece una diferencia pequeña. Para mí ha sido inmensa.

Hoy medito todos los días. Muchas veces pongo las manos sobre mi abdomen. Respiro y, en voz baja, les digo:

“Hacéis lo que podéis.”

Hace años les hablaba desde el enfado. Incluso hubo momentos en los que llegué a golpear mi abdomen, desesperada porque sentía que me estaba fallando. La verdad es que me cuesta mucho escribir esto, pero también sé que forma parte de mi historia.

Y, poco a poco, me he dado cuenta de que esa frase no habla solo de mis tripas, sino de todo mi cuerpo. Creo que ellas llevan años haciendo de portavoz. Son las que hablan más alto, pero el mensaje nunca ha sido solo suyo. Es mi cuerpo entero el que me pide algo que durante mucho tiempo no supe darle. Más escucha y respeto. Más paciencia y menos prisa. Más confianza y menos control.

Es decir: más amor.

Sigo levantándome cada mañana temprano para dar tiempo a mi cuerpo. Todavía hay encuentros que me cuestan. Y sí, todavía hay momentos en los que unos retortijones o unos simples gases me pueden llegar a complicar todo un día.

Durante años me avergonzó reconocer algo así. Hoy ya no tanto, porque he comprendido que todos tenemos una parte de nuestra historia que preferiríamos esconder. La mía pasa por las tripas. La de otra persona quizá pase por una cicatriz, una ostomía, una menopausia precoz, una fatiga persistente, un dolor crónico o cualquier secuela que le recuerde, cada día, que su cuerpo ha cambiado.

Quizá por eso necesitaba escribir este artículo. No para hablar de las tripas en realidad, sino para hablar de la reconciliación.

Creo que la autocompasión empieza el día en que dejamos de exigirle perfección al cuerpo que más ha sufrido. Y, curiosamente, desde que intento acompañarlo en lugar de combatirlo, siento que el peso es un poco más ligero porque, aunque no haya dejado de doler, ya no estamos en guerra. Seguimos aprendiendo a convivir con amor.

Una parte importante de este aprendizaje llegó a mi vida a través del Entrenamiento en el Cultivo de la Compasión, el CCT. Allí encontré prácticas, palabras y una forma de relacionarme conmigo misma que me ayudaron a comprender que la autocompasión no consiste en eliminar lo que duele, sino en aprender a permanecer a nuestro lado mientras lo atravesamos. Por eso, desde el principio, tuve claro que este entrenamiento debía ser uno de los pilares de Oncomunidad.

Porque, en el fondo, la compasión hacia nuestro cuerpo empieza cuando dejamos de exigirle que sea distinto para poder quererlo. Y eso es lo que, humildemente, sigo aprendiendo cada día: a veces con serenidad, otras con frustración y, en ocasiones, con lágrimas, pero siempre con más confianza y con amor.

Y en ese aprender a acompañarme, también he ido comprendiendo algo esencial. Todo lo vivido forma parte de mi biografía, sí, pero no me define. Mis heridas, mis secuelas, mi dolor forman parte de mí, pero no soy solo eso. Hay algo más profundo que permanece, algo que nos sostiene por debajo de todo lo que nos pasa. Para mí es la Vida. Y desde ahí, desde ese lugar más hondo todo puede mirarse de otra manera. Al menos a mi esa certeza me ayuda a abrazar la Vida, a estar más presente y a vivirla con más sentido.

 

Sobre la autora

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Carmen Eleta

Fundadora y presidenta de Oncomunidad

Tras casi veinte años conviviendo con distintos diagnósticos oncológicos, Carmen acompaña a pacientes, expacientes y familiares desde el autoconocimiento, el autocuidado y el cultivo de la compasión.

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