ESCRIBIR PARA VIVIR: el encuentro con lo que somos
Cuando era niña soñaba con ser escritora. Hacía méritos pasando la mañana de los sábados en la biblioteca del cole, leyendo lo que me gustaba. Era una habitación pequeñita y casi siempre estaba sola. Si venía otro niño, allí estaba yo para recomendar algo. Devoraba los libros de Los cinco, Mujercitas, Sissi, y pasé en seguida a leer a Delibes, a Ende, a Tolkien…
Y entonces me decidí a escribir un cuentito. Me concentré, me lancé y dejé la historia en una libreta con bolígrafo de color verde. Luego lo leí. Y pensé que era muy malo. Debía de ser muy perfeccionista ya de niñaporque no recuerdo, ni por un segundo, una sensación divertirme o de estar satisfecha. Solo me dije, este cuentito está fatal. No se lo enseñé a nadie. Lo escondí, y taché mentalmente la palabra «escritora» de mi lista de opciones. Estuvo tachada mucho tiempo, hasta que encontré a Isa Cañelles y me comí la vergüenza y el perfeccionismo para reconocer que escribir me gusta y que es lo que quiero hacer.
Hoy, la exigencia como motor no es compatible con lo que entiendo por vivir. He tardado mucho en permitirme sentir esa exigencia y asumir que está ahí. Y era la única forma de descubrir que me viene mejor convivir que pelearme con ella. Porque puede estar al lado de la ilusión, del hacer, del cariño, de la búsqueda, de experimentar y de divertirme.
Ahora mi actitud cuando escribo o escucho textos de otros es de curiosidad. Me emociono y me enfado, pasó por muchos estados y disfruto muchísimo. Me permito sentir muchas cosas y eso me gusta. En general, ahora me permito vivir como quiero.
Cuando llegué a Oncomunidad me encantó ese saludo de “Hola, familia”. Me sentí en familia desde el principio y me sonó maravilloso. En seguida yo era una más.
Y sentí otra cosa que me pareció muy importante, desde que nos encontramos en clase de escritura el primer día, hubo algo que lo hizo muy fácil: cada uno se daba un permiso enorme. ¿Un permiso para qué? Para estar como estaba, para decir lo que le pasaba, para traer un texto largo, una poesía o una frase. Un permiso para decir sí o para decir no, para decir lo que pensaba o callarlo. Un permiso para ser cada uno como es, con lo oscuro y lo luminoso, para estar con lo que surge en el momento, sea lo que sea. Y cuando uno se da permiso, surge lo que hay: como un enorme corcho flotante que no se puede retener bajo el agua.
No suele ocurrir ni tan fácil ni tan pronto. Siempre salta algo para protegerse, al menos un poquito. Y me llegó claro que el grupo tenía muchas ganas de expresión y de compartir, y poca necesidad de protección.
Me fascina el hermoso mosaico que hacemos todos juntos: las miradas diversas y las emociones con todos los colores… Siento que es un espacio en el que nos permitimos todo: el perfeccionismo, la ilusión, el mirar nuestro relato a los ojos. Crear es también regalar nuestra forma de mirar al mundo y eso nos enriquece.
Cada uno vive en su propio relato, en eso que se cuenta. Yo me contaba que no podía ser escritora porque era imperfecta y me lo creía. Ahora me digo que ser imperfecta es lo normal y que puedo serlo y hacer lo que me haga feliz. Y gracias a decirlo con palabras, pongo el foco y voy a por ello, y algunos ratos soy feliz haciendo lo que quiero. Otros me esfuerzo demasiado o me enfrento a mis propios dragones, y esos son difíciles, pero sé que merecen la pena porque tienen un sentido.
En los relatos que hemos compartido han llegado recuerdos, situaciones divertidas y difíciles, emociones y poesía, hemos visto pasar personajes entrañables y escenarios de épocas pasadas y futuras… Revivimos lo que queremos traer al presente y recreamos eso que soñamos que va a suceder. Y se hace real a través de las palabras. También he sentido que en el grupo se puede mantener un silencio o una mirada, y no es incómodo.
Agradezco ese darnos permiso que nos ayuda tanto. El espacio de Oncomunidad es un lugar de juegos. Al decir «SÍ, VOY», nos lanzamos como los niños y nos dejamos jugar. De gatear a volar, todo está permitido. Y así, haciéndolo fácil, dejando que flote lo que hay y lo que somos, llegan preciosas historias, momentos de compartir, de escuchar, de poner voz, de recordar. Y construimos nuestro propio relato.
La palabra nos habita, el cuerpo palpita con cada palabra y nos muestra lo que somos.
La escritura nos ayuda a dar sentido a lo que experimentamos y encontrarnos en lo que somos.
¡Gracias por acompañarme a jugar!
Autora: Mercedes Adán (Facilitadora de Escribir para Vivir en Oncomunidad)